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A MANUEL RODRÍGUEZ

7 jul

escrito originalmente el 12 de febrero de 2010

Aprovecharé la coyuntura televisiva para revisar algunas de las canciones que se le han dedicado al gran Manuel Rodríguez… No vaya a ser cosa que la figura de Ricardo Fernández se termine imponiendo (realmente lo dudo) y cambie las percepciones históricas que ya se han ido estableciendo (¿era muy imposible poner, no sé, a Néstor Cantillana en dicho protagónico? en fin).

Lo cierto es que, como existen pocos datos fehacientes de la vida y del perfil completo de la persona Rodríguez, cada momento histórico lo ha recreado con bastante libertad, de manera que lo que sabemos de Rodríguez es más bien lo que cada época ha deseado que él hubiese sido. Rodríguez ES un personaje creado y recreado por las hegemonías culturales en boga, ya sea en un perfil heroico liberal (Blest Gana en su novela “Durante la reconquista”), ya sea en un perfil “combativo”, más propio de la nueva canción chilena… ya sea en este perfil romanticón hollywoodense que, aparentemente, le dará Sabatini en Chilevisión.

La canción que enmarcará la versión dosmilera de rodríguez es un cover de un tema compuesto por Patricio Manns e interpretado por el mismo Manns y Silvia Urbina en un disco de 1967 que se llamaba “¡El folklor no ha muerto, mierda!”. Curioso nos resulta desde el 2010 pensar que en 1967 se pudiera dar por muerte al “folclor”… tan curioso como sería pensar en la creación de un “Frente Patriótico Manuel Rodríguez” viendo las imágenes de Fernández dándoselas de guerrillero… En fin

Manns y Urbina, con su voz de cantora neta, recrean al héroe y al simple individuo que se dibujaba en la figura mestiza de aquel que iba a su encuentro con la muerte. Es una suerte de contraste: la gente, dicen, lo pintan de aguerrido, de intrépido, la cultura oral lo mitifican con el rayo, con el viento, con el corcel… pero ahí enfrente se tiene al hombre, simple hombre de carne y hueso, rumbo a su destino… sonriente y altivo.

La melodía, siento, es demasiado melancólica como para convencernos de que esa muerte valió la pena. Manns, quizás el mayor poeta de la Nueva canción chilena, debe de haber advertido que dicho episodio consagró en la historia popular la estampa de un tal Manuel, pero condenó a cierta soledad, a cierto desamparo, al pueblo que en él confió. La tristeza melódica hieren la sonrisa altiva con la que se retrata a Rodríguez. O en otras palabras, la figura heroica está recreada desde la triste desesperanza. Extraño efecto semiótico que solo hace admirar más la figura de Manns.

La recreación exacta de un héroe setentero la ofrece Héctor Pavez. “Al popular guerrillero” comienza diciendo y ocupa las dos palabras claves de la imaginería pre 1973. Este Rodríguez es el mismo de Manns, sin tristeza y con mucha valentía.

La melodía es una melodía clásica del Canto a lo divino (conocida como la “Rosa romero”) y, por lo tanto, la estructura métrica utilizada es una perfecta y hermosa décima. Pavez, en eso, fue un gran discípulo de Violeta Parra y acá da cuenta de dicha línea de trabajo creativo, conciente y actualizado con base en lo más perenne del folclor.

La descripción, en este caso, redondea la visión de izquierda que rescató a Rodríguez durante el siglo XX. “Tuvo consecuencia hacia el pueblo con ojotas” es un recado a O’Higgins. “(…)Soldado ejemplar / que entregó su vida entera / por una causa sincera / con un valor sin igual” se acota después con misterioso tono premonitorio. Acaso el más claro acercamiento a las sensibilidades sesenteras la realice Pavez cuando, en clave de guerra fría y lucha por la nacionalización de recursos económicos, dice: “Él no aceptó que la bota / del invasor extranjero / explotara nuestro suelo / saqueara nuestras riquezas”. En ese punto, la filiación ideólogica se ha consumado por completo.

La voz popular de estos versos canta, más que desde la melancolía Manssista, desde el dolor rencoroso. La muerte vil, la imposibilidad de despedir el cuerpo hizo aún mayor la desgracia del acontecimiento. Entiendo, desde esa manera de realzar el apego popular de un personaje, el intento de establecer que los malvados opresores no solo usurpan el trabajo y el dinero del desposeído, sino que su haz de maldad se multiplica porque también involucra la usurpación de los símbolos emocionales de la clase popular. El pecado del robo económico, material, se vuelve ya francamente inhumano porque también afecta las redes sociales y emotivas de los populares, su derecho a confiar en un líder, en un guía, en un ser que encarne su esperanza. Y eso, en plenos años sesenta, era un mensaje clave para proyectar, además, la idea de que la actual oligarquía era, en definitiva, la misma que siempre había tenido el poder y control económico y moral de la “patria”, que se lógica de acción había sido la misma desde el inicio de la república, lo que validaba, en los discursos simbólicos, una lucha social radical, o al menos un giro político y simbólico radical, representado para entonces en Salvador Allende. La muerte de Rodríguez, por parte de un “general rastrero” como diría el mismo Allende en su propia circunstancia, venía a evidenciar cómo la historia de Chile había estado siempre gobernada por individuos que defendían “sus granjerías y privilegios”.

Es en esa línea de argumentación en la que se entiende en toda su amplitud la violenta canción “Hace falta un guerrillero” de Violeta Parra. Siempre me he preguntado qué sentirá Ángel Parra cada vez que escucha esta canción, literariamente dedicada a él (¿no?), aunque más creo que evita escucharla. Hasta el Rodríguez de Fernández lo haría.

Es la canción más política que puede hallarse sobre Manuel Rodríguez, pues no es solo una exaltación de la figura histórica (“el más preciado laurel”), sino también un grito de rechazo radical para la institucionalidad política de 1960 (gobierno de Jorge Alessandri). “La patria ya tiene al cuello / las sogas de Lucifer (…) soldados hay por montones / ninguno como Manuel”.

En definitiva, no es una canción “histórica”, como las otras en torno a Rodríguez. Es una canción política y coyuntural en todo el sentido de la expresión. Actualiza, entonces, de manera transparente la reserva moral y combatiente que representa Rodríguez, más allá de cualquiera de sus circunstancias históricas específicas. Manuel es una imagen, una metáfora, una alegoría. “Pero no hay ni uno que valga / la pena en este momento” insiste con firmeza (y quizás con un toque de injusticia para quienes en esa época luchaban por un movimiento obrero, por ejemplo, fuerte).

La canción de Violeta Parra, era que no, destaca inmensamente en el panorama de canciones dedicadas al guerrillero, quizás porque es la que menos se refiere al individuo histórico y lo convierte en un ethos. Por eso es violenta y deslenguada, como todo lo que Parra creó y no sorprende, entonces, que sea una de sus composiciones menos difundidas, junto a todas aquellas de discurso radical (casi punk, dicen algunos), sin ningún pelo en la lengua ni metáfora embolinadora, tales como “Yo canto a la diferencia”, “La carta” o “Porque los pobres no tienen”. Qué capacidad la parreana para evidenciar, para volver transparente, el abuso, también emotivo, que el Estado lleva a cabo del sentir patriota de la gente, del pueblo. Pero bueno, eso es tema para otra entrada.

La figura rodriguista, vuelvo a él, da para mucho (ya nos lo demostrará en marzo Sabatini) y la corriente más “rota” también tiene algo que decir en la construcción de este indiscutido ídolo setentero. Los Chileneros, de hecho, lo destacan, en 1967, ante todo como “buen roto chileno” y luego como “el guerrillero de Chile”.

Es esta quizás la imagen más juguetona y desfachatada sobre Rodríguez. “Valiente y altanero / lleno de gracia y malicia” indican estos chileneros antes de recordar sus montoneras, sus disfraces, su picardía. No podía ser de otra manera si estamos hablando de cueca brava de la neta (con toda su sospechoso apoliticismo, hay que decirlo)…

Al lado de esta simpática pieza, de las palabras sentidas de Manns, rencorosas de Pavez y rabiosas de Parra, ¡cómo no catalogar de cursi, de naif, las dedicadas a Rodríguez por parte de nuestro siempre cursi nóbel Pablo Neruda y la musicalización cinquentera, absolutamente oligarquizante y, a nuestros actuales oídos, siútica de Vicente Bianchi!… Más aún en una versión como la mayormente conocida de Silvia Infanta… por eso pongo acá, para mejorar en algo la experiencia, la versión argentina de Los Trovadores, gauchesca y algo más enérgica:

Es un acierto, entonces, que Daniel Muñoz, Félix Llancafil y los 3×7=21, evidenciando el manejo de la cultura hegemónica y canónica, hayan decidido rescatar el espíritu cuequero original que tenían los versos del Canto General, con lo que la composición nerudiana gana bastante.

Esta versión tienen la alegría, la viveza, la chispa brava inexistentes en la tonada. Acá sí suena atinado, coherente incluso, el “puede ser un obispo / puede y no puede”, acá sí que la narración central toma forma y mucha gracia, con un remate perfecto. Acá si se crea un interesante contraste entre los tres momentos de la lírica. Sigue siendo, eso sí, una lírica descomprometida, de postal (¡Los Chileneros suenan más claros ideológicamente hablando!), pero que calza perfecto en cueca.

A excepción de “Tonadas” (y de “Vida, pasión y muerte del guerrillero”), todas estas recreaciones musicales sobre el guerrillero son sesenteras y representan un conjunto cohesionado de discurso y estética musical. En los sesenta, Rodríguez estaba en el aire, en el ambiente, en los imaginarios circulantes. Ahora, cincuenta años después, vuelve a estarlo por obra y magia de la televisión. Pero ahora son Benjamín Vicuña y Ricardo Fernández los que renuevan (reinventan, destruyen…) el mito, bajo un código estético voraz y feroz. Ya no hace solo falta un guerrillero (que en estos 16 millones aún no hay un pan que rebanar) sino también hace falta un Patricio Manns, un Héctor Pavez, una Violeta Parra.

LAS NARANJAS

17 dic

las naranjas

La música le pertenece a quien la consuma y no solo a quien la crea. En el folclor, ese es el sacramento de nuestra fe, aunque la afirmación no es privativa en absoluto de las obras de música popular y de música docta. Sin querer ponerme posmoderno, cada versión reinventa la obra, de manera tal que nunca se alcanza una versión definitiva de ninguna.

En el folclor no se sabe el autor individual. O prefiere no saberse. Entre el romanticismo y el sentimiento común de pertenencia de los bienes culturales, las piezas folclóricas simplemente están, aparecieron un día, y metafóricamente se dice entonces que las creó el pueblo, lo que es una manera de decir que tanta gente las versionó que ya se perdió la huella de una versión primera y de un autor fehaciente.

A la mar fui por naranjas o Las naranjas es tanto una canción popular asturiana como una tonada del campo chileno o una copla de carnaval de Jujuy y Salta. Sin saber su autor, no podría decirse en ningún caso de que se trata de una canción asturiana recopilada en distintas partes de América, porque indudablemente las versiones americanas ya tienen su fisonomía propia, su estampa: la línea melódica, sea cual sea, es mestiza, la instrumentación es campesina, los énfasis son nuestros.

Parece haber, por cierto, toda una tradición peninsular en torno a los versos de las naranjas maduras, pero es muy notorio cómo en todas las versiones europeas el centro está en el mar como metáfora del amor y de la incertidumbre vital, más que en las naranjas mismas. Las versiones peninsulares tienen, además, un indudable aire morisco, tal como se puede oir en las versiones de cantantes español@s actuales o de Walsh y Valladares. La versión en gaita nos recuerda el hervidero de culturas que siempre ha sido lo que llamamos España. Y quizás no haya nada más asturiano que una gaita (ahí soy un ignorante absoluto) y la línea morisca de canto más bien sea propio de versiones más sureñas… Durante el siglo XX, de hecho, esos versos fueron recuperados por el poeta canario Pedro García Cabrera, decidido antifranquista que, claro está, debía creer mucho en eso de que “metí las manos al agua / las esperanzas mantiene”.

En América, versiones musicales solo he encontrado de fuentes chilenas, pero el googleo pertinente ofrece recopilaciones escritas o menciones en Colombia, en las Coplas de la costa colombiana del Pacífico, editado por la Universidad del Valle y compilado por Víctor Manuel Patiño entre 1945 y 1960

http://books.google.cl/books?id=aCXNkW7nHysC&pg=PA60&lpg=PA60&dq=tantas+naranjas+maduras&source=web&ots=xiePFXw3qi&sig=0vvRx5NL42Xpgi_TV9TdgsoFkCI&hl=es&sa=X&oi=book_result&resnum=8&ct=result#PPA29,M1

donde vienen una serie de coplas sobre las naranjas:

403. Tanta naranja amarilla,
tanto limóin colorado;
tanta muchacha bonita,
tanto chuncho enamorado.

407. Cuántas naranjas maduras,
cuánto limón por el suelo;
cuántas muchachas bonitas,
cuánto galán sin dinero.

En Argentina, por su parte, google ofrece dos menciones de dichos versos, una en el VII Encuentro de Copleros organizado por comunidades indígenas en Córdoba, en noviembre de este año.

http://www2.lavoz.com.ar/08/11/23/Salir-coplas.html

y otra en el Cancionero Popular de Jujuy recopilado por Juan Alfonso Carrizo

http://www.alcudiavirtual.ua.es/servlet/SirveObras/acadLetArg/68004064006461384100080/p0000025.htm#I_1795_

http://www2.lavoz.com.ar/08/11/23/Salir-coplas.html

En Chile, el nivel de afianzamiento popular folclórico es notable, por el grado de apropiamiento y de conversión que presentan las coplas. Dos parecieran ser las líneas de desarrollo: una línea centrada en los versos “a la mar fui por naranjas”, con una melodía específica, muy conocida luego de la versión de Héctor Pavez, transparente y respetuosa en su sentido de registro recopilatorio. Ortiga y Pedro Villagra versionan esta fuente; los primeros, con su usual búsqueda estética dentro de los límites de la Nueva Canción Chilena, algo tétrica para oídos contemporáneos, un poquito agotadora con sus juegos de voces y variaciones melódicas y rítmicas; el segundo, con un hermoso y meditabundo cover, sutil y melancólico, al borde del preciosismo jarista, muy afín esta vez con la canción y con el aura de la canción.

La segunda línea es la recopilada por Violeta Parra y por Gabriela Pizarro, cada una con sus melodías. Y esta versión es una suerte de suma de tradiciones. Los versos “a la mar fui por naranjas / cosa que la mar no tiene” los encontramos en las versiones asturianas, pero no parecen estar en las coplas de carnaval americanas; “tantas naranjas maduras / tantos limones partidos”, por el contrario, parecen ser propias de las coplas de nuestro continente, pero no de las líneas trasatlánticas. Las versiones parreanas y pizarristas reúnen esas dos líneas poéticas.

Ambas son versiones que abandonan el matiz filosófico de las versiones asturianas y melancólico de la línea pavezista: ya sea en tonada o en cueca con tintes chilotes (el rabel, en la versión de Pizarro y Rojas), Las naranjas se convierte en una canción alegre, picarezca, en la línea de copla amorosa alejada de cualquier dramatismo que de seguro calza más con lo que ocurre con las versiones copleras.

La versión de Violeta Parra, recopilada supuestamente en Lautaro, es la que más me gusta, con su guitarra traspuesta y con su voz cruda y (casi) destemplada. Es de 1956, de los tiempos que la EMI grababa todo lo que oliera a ritmo latino de base folclórica, en un afán a medio camino entre el altruismo cultural y la voracidad comercial de encontrar nuevas Cubas y Pérez Prados y que les hizo registrar un incréible catálogo de músicas de toda América que ahora duerme agónico en sus estanterías.

Margot Loyola, por no ser menos, recopiló en ritmo de porteña una variante que mantiene los versos que parece más se han difundido por las zonas campesinas (y las no tanto), los de “tanta niña bonita / tanto hombre soltero”, transformados incluso en versos homofóbicos en los foros de payas dieciocheros.

La melancólica picardía amorosa de la versión de Violeta Parra, insisto, me parece insuperable. ¿O es que su canto en realidad proyecta desazón y ya esa rabia amatoria que luego caracterizaría algunas de sus grandes canciones? Esa ambigüedad esencial transforma los versos mencionados casi en decepción, en furia contenida, en profunda resignación, como cuando dice “un amor me tiene loca / perdida y sin esperanzas”. En ese punto, la versión ya no es una recopilación folclórica: es puro Violeta.

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