PACHUCO BAILARÍN

“Pachuco Bailarín marca el paso” no es un tema de Pachuco, como todo buen chileno cumbiero podría pensar. Al igual que casi toda nuestra movida tropical, nada es nuestro en su origen (bueno, el mismo Pachuco no lo era), pero sí todo está modificado y en cierto modo folclorizado. Por eso son nuestras cumbias ( y hablamos de “cumbias” aunque se nos diga que ahí metemos en el mismo saco cumbiones, merengues, salsas, paseos… ¡y mambos!).

“Pachuco Bailarín” proviene del “Mambo Pachuco”, del gran Dámaso Pérez Prado. De quién otro. La versión es, sin duda, una grabación llena de gracia, de viveza, de pachuquería. Porque claro, Pérez Prado está pensando en el pachuco, en este migrante mexicano que se va a California en los años 20 y 30 y que establece todo un sistema de vida, de moda, de baile, de vestimenta que ya se lo quisieran los más acérrimos fans del falso kitsh actual. Pérez Prado está pensando, entonces, en vecindades con pachuqueros bailando al son del ritmo latino y que comenzaban a tomarse las calles de Los Ángeles y del sur de EE.UU.

Los pachucos son bakanes de verdad. Adaptaron costumbresy vestimentas para instalar un estilo, fueron posmo antes que los modernos, de un día pa otro amanecieron hablando spanglish e impusieron una manera de bailar, de enfiestarse, de vivir la vida, siempre a medio camino entre lo carretero, lo ilegal y lo latino. ¡Pachuquear es la cumbia!

Por bendiciones de las grabaciones cincuentera, tenemos acceso a ese video espectacular de Pérez Prado tocando una temprana versión de su “Mambo Pachuco” (luego grabaría varias otras) en que dos bailarines pachucos nos muestran lo mejor de su estilo: ritmo frenético, pasos endiablados, ostentación de la destreza física. Había que ser vivito pa ser pachuco e imponerse en las lejanas tierras de la Unión Americana con astucia, maestría y chillona elegancia.

Versiones del mambo hay por montones, casi todas mexicanas. El pachuco se va a Estados Unidos, es discriminado allá y acá, pero vuelve con la mejor de las venganzas: impone su baile, su música, su alegría y su estética. ¡Que alguien se atreva a acusarla de kitsh! Entonces las bandas versionan y versionan su música, y los rockeros pachuquean su ska y su punk. Y todos tratan de reinventar un poco el espíritu pachuco original. Pero en muchos casos ya es solo remedo.

En Chile, la canción puede funcionar sin nada de ese transfondo cultural, porque simplemente nosotros tuvimos nuestro Pachuco. A la chilena. Roberto Fonseca.

Nadie cómo él en la música tropical chilena. No hay banda que proyecte tanta energía con sus metales como La Cubanacán. No hay reinvenciones más animadas que las que la agrupación lograba de “Lupita” o “El Africano” (con su conocido eco popular antipinochetista, muy a pesar de Fonseca)

Pachuco idolatra a Pérez Prado. Lo transpira en cada uno de los arreglos instrumentales de sus mambos acumbiados ( o achilenados, se podría decir), mambos que, sin embargo, no copia simplemente. El amor a Dámaso lleva a nuestro Pachuco a variar, incluso experimentar, con la música del maestro cubano, tal como se puede oir en su versión de Pachuco bailarín o en la de Lupita. La versión de Pachuco Bailarín chilena es más fiestera, tosca y curiosamente militarizada. Insistimos: son los tiempos de la dictadura militar y ya sabemos que lamentablemente el señor Fonseca sentía cierta admiración por el siniestro dictador. Sin proponérselo, quiero creer, participaba además en una suerte de evasión popular y de blanqueamiento de ciertos símbolos represivos, como ocurre con la marcha militar en esta canción. Los metales están perfectos, el ritmo es endemoniado. Todo va bien hasta que suenan esos sones militares. La gracia y viveza del pachuco originario se pierde; pero, no cabe duda, estamos ante una cumbia bien a la chilena, acelerada y militarizada.

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