A LA MAR FUI POR NARANJAS / LAS NARANJAS

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Entrada actualizada el 30 de mayo de 2015

La música le pertenece a quien la consuma y no solo a quien la crea. En el folclor, ese es el sacramento de nuestra fe, pues no se sabe el autor individual, o más bien prefiere no saberse. Entre el romanticismo y el sentimiento común de pertenencia de los bienes culturales, las piezas folclóricas simplemente están, aparecieron un día, y metafóricamente se dice entonces que las creó el pueblo, lo que es una manera de decir que tanta gente las versionó que ya se perdió la huella de una versión primera y de un autor fehaciente. “A la mar fui por naranjas” o “Las naranjas” es tanto una canción popular asturiana como una tonada del campo chileno o una copla de carnaval de Jujuy y Salta, una marinera limeña y un verso mexicano. Sin saber su autor, no podría decirse en ningún caso de que se trata de una canción asturiana recopilada en distintas partes de América, porque indudablemente las versiones americanas ya tienen su fisonomía propia, su estampa: la línea melódica, sea cual sea, es mestiza, la instrumentación es campesina, los énfasis son nuestros. Parece haber, por cierto, toda una tradición peninsular en torno a los versos de las naranjas maduras, pero es muy notorio cómo en todas las versiones europeas el centro está en el mar como metáfora del amor y de la incertidumbre vital, más que en las naranjas mismas. Las versiones peninsulares tienen, además, un indudable aire morisco, tal como se puede oir en las versiones de cantantes español@s actuales o de Walsh y Valladares. La versión en gaita nos recuerda el hervidero de culturas que siempre ha sido lo que llamamos España. Víctor Manuel y Ana Belén nos traen una última actualización del tema, ya en clave pop.

 

En América, he encontrado versiones musicales chilenas, peruanas y mexicanas, aunque el googleo pertinente ofrece recopilaciones escritas o menciones en Colombia, en las Coplas de la costa colombiana del Pacífico, editado por la Universidad del Valle y compilado por Víctor Manuel Patiño entre 1945 y 1960, donde vienen una serie de coplas sobre las naranjas: 403. Tanta naranja amarilla, tanto limón colorado; tanta muchacha bonita, tanto chuncho enamorado. 407. Cuántas naranjas maduras, cuánto limón por el suelo; cuántas muchachas bonitas, cuánto galán sin dinero. En Argentina, por su parte, google ofrece dos menciones de dichos versos, una en el VII Encuentro de Copleros organizado por comunidades indígenas en Córdoba, en noviembre de este año, y otra en el Cancionero Popular de Jujuy recopilado por Juan Alfonso Carrizo. En Perú, los versos están adaptados al ritmo bohemio de la marinera limeña. ¡Cuánta elegancia de callejón jaranero!

En México, por su parte, encontramos los versos en algunas versiones de “La San Marqueña”, son guerrerense de múltiples versiones (aunque no todas incluyen “a la mar fui por naranjas”).

En Chile, finalmente, el nivel de afianzamiento popular folclórico resulta notable, por el grado de apropiamiento y de conversión que presentan las coplas. Dos parecieran ser las líneas de desarrollo: una línea centrada en los versos “a la mar fui por naranjas”, con una melodía específica, muy conocida luego de la versión de Héctor Pavez, transparente y respetuosa en su sentido de registro recopilatorio. Ortiga y Pedro Villagra versionan esta fuente; los primeros, con su usual búsqueda estética dentro de los límites de la Nueva Canción Chilena; el segundo, con un hermoso y meditabundo cover, sutil y melancólico, muy afín con el aura de la canción.

La segunda línea es la recopilada por Violeta Parra y por Gabriela Pizarro, cada una con sus melodías. Ambas son versiones que abandonan el matiz más filosófico de las versiones trasatlánticas y dotan a la tonada ya sea de un toque melancólico o de un sentido picarezco, netamente amoroso. La versión de Violeta Parra, recopilada supuestamente en Lautaro, es la que más me gusta, con ese sonido de guitarra campesina que cada vez nos parece más lejano y con su voz cruda y (casi) destemplada. La versión de Pizarro, junto a Catalina Rojas, por su parte, tiene una fuerza y vitalidad absolutamente contagiantes.

La melancólica picardía amorosa de la versión de Violeta Parra, insisto, me parece inigualable. ¿O es que su canto en realidad proyecta desazón y ya esa rabia amatoria que luego caracterizaría algunas de sus grandes canciones? Esa ambigüedad esencial transforma algunos versos casi en decepción, en furia contenida, en profunda resignación, como cuando dice “un amor me tiene loca / perdida y sin esperanzas”. En ese punto, la versión ya no es una recopilación folclórica: es puro Violeta.

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