LA RATONERA

Suena como jingle radial (“ven, caminemos juntos… ven, estamos contigo…” de la ochentera Galaxia) o como canción creada para algún spot de Sábados Gigantes o de las teletones setenteras. ¿Cuándo fue grabada “La ratonera”? No logré dar con el dato, pero suena a modernidad pre crisis del dólar a 33, a televisión recién en colores, a panorama musical aún sin Los Prisioneros y a noticieros aún sin paros nacionales. La melodía y la instrumentación juega y es hija, a la vez, de esa suerte de inocencia de los setenta, como si una candidez nos tratara de convencer de que nada tan condenable estaba ocurriendo y que la situación del país, al fin y al cabo, era como una larga tarde de sábado mirando el mundo por las pantallas de canal 13. La versión noventera de “La Ratonera” quiere ser punk, pero la versión original no tiene vergüenza ni empacho en ser jinglística, de estelar, con coro perfecto para continuar con “esa chica tienen pep”, con el ánimo ideal para jugar con la Tía Patricia. Es una canción honesta en mostrarse hija de su época.

Ideológicamente, Florcita Motuda busca posicionarse como el continuador de la línea de sensatez hippie que promulgaron Los Jaivas durante el gobierno de Allende (“seamos amigos, seamos hermanos” ¡en pleno 1972!) y que lo ha posicionado como una voz clave dentro del humanismo político en los últimos veinticinco años en el país. Define una tercera vía de acción, en medio de la indiferencia motivada televisavemente por la derecha económica (“a esa hora, justamente a esa hora, en que tu cerebro comienza a cabecear con la última telenovela”, dirían otros personajes de la época) y la vía violenta, armada incluso, de la izquierda arrasada. La ética de la tercera vía se posiciona entre el niahiísmo o la creencia de la imposibilidad del cambio y el resentimiento como motor único de acción política.

Si hoy en día esa tercera vía toma colores algo más nítidos, aunque aún brumosos, dentro de canales de participación que se pretenden ciudadanos, mayoritariamente por el lado medioambientalista, ¿qué podría haber significado, a qué podría haber sonado, una vía “creativa” en plenos años de dictadura? La respuesta debe de haber sido cercana a “nada”. Si la violencia surgía desde el mismo Estado, la única forma de no participar en la generación de más violencia tenía que ser la televisión, las teleseries, los sábados gigantes, porque la lógica del odio y del miedo de seguro abrumaban tanto que solo había espacios para arrancar a través de la evasión. Los Prisioneros lo advirtieron con su conocida, malgastada y añorada crudeza y lo cacarearon (¡también ellos cacareaban!) en “La voz de los 80” y en “Nunca quedas mal con nadie”, canciones hechas como para responder sarcásticamente desde una de las ratoneras.

Quizás eso… pero quizás, también, canciones como esta fueron el necesario puente entre esa sensatez hippie jaivera y la alegre sensatez que fue toda la campaña del No en 1988, más nutrida, mirada desde hoy, de florcitas motudas que de gonzález y tapias. De terceras vías. Quizás no se habría llegado a un triunfo mediático como el de dicha campaña sin voces metiendo bulla, desde antes, que denunciaran estas falsas únicas dos opciones. “Chile, la alegría ya viene” es claramente la estrofa final de la “La ratonera”, justo después de que Raúl Alarcón canta

no hay nada imposible, esa es la idea que quiero cantar
no podemos dejar que las cosas se agraven y surja la fatalidad
proponemos luchar a los jóvenes en un acto lleno de creatividad
invitamos a nuestros abuelos también a cambiarlo todo.

Quizás el oficio de jingle que comparten “La ratonera” con el himno del No sea más que una coincidencia. Quizás sean hitos claves de una línea “hippie” menor (y que más de alguien llamaría como “hipócrita” o como “cobarde amarillista”), pero siempre presente en nuestra concepción política media, iniciada en los años setenta con “La marcha al interior del espíritu” y que alcanza su climax con la alegría que venía. Mirada así las cosas, Florcita Motuda se vuelve capital, clave, dentro del devenir ochentero y, claramente, un artista sin ningún tipo de heredero ni continuidad después del 5 de octubre. Ni él mismo logra serlo.

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