CARIÑITO

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Los colombianos dicen que es de ellos y no faltará el chileno que crea que es nuestra. Pachuco, en su versión ochentera, saluda a La Tirana, a Pica, al norte de Chile, a su pampa, y la orquesta suena carnavalera neta. Pero como con muchos otros éxitos sentidos como propios por mapochinos y paisanos, es en Perú donde hay que buscar su origen, en ese gran movimiento cumbiero que generaron en los setenta y en los ochenta llamado cumbia peruana y chicha y que tantos hits le ha dado a América.

Debe ser uno de los riffs (de bajo-guitarra originalmente) más famosos de toda la cumbia y también una de las letras más reconocidas. Su maestría está, pareciera, en la absoluta simpleza de su emotividad, en lo carne de canto en coro de su estribillo y en lo energizante que resulta el retorno al mentado riff después del “nunca / pero nunca / me abandones cariñito”. Las versiones chilenas juegan muy claramente con ese efecto dramático del retorno al riff. En lo personal, creo que el éxito de esta cumbia es su relación inestable, de flirteo y negación, con los ritmos andinos y como ese eco carnavalero le brinda una carga emotiva difícil de describir si solo se le observa en cuanto cumbia, incluso en cuanto chicha.

La versión original es de Los Hijos del Sol, agrupación fundada en Lima por Ángel Aníbal Rosado en 1979. Rosado fue un importante compositor de huaynos y cumbias a partir de los sesenta, por lo tanto no le eran nada desconocidas las formas íntimas de componer canciones de aire serrano. Pero las canciones chicha, y también las cumbias andinas peruanas, tienen ese juego de modernización, de urbanización, que revela de manera desigual y conflictiva el origen cholo de muchas de sus inspiraciones, y “Cariñito”, en su versión primera, más intenta esconder que ostentar.

Ángel Aníbal pone en la voz a Edson Bordaes y en los riffs al mejor guitarrista de la historia de la chicha, José Luis Carvallo – quien después grabaría esas increíbles guitarras para Chacalón y La Nueva Crema– y la hace sonar profundamente setentera, con un sonido limpio, nítido, notablemente sobrio, sin ninguna parafernalia, en la misma senda que ya había señalado con claridad Enrique Delgado desde Los Destellos. Creo que es, de todas formas, una estética muy alejada a las más sincréticas y emocionales  de Los Shapis, de Vico y del mismo Chacalón… Esta es cumbia peruana, costeña si se quiere, germen de un ritmo chicha en potencia aún.  Acá el ritmo más lento, la pulcritud sobria de los instrumentos, todo está pensado para una clase media limeña que mira esta música de reojo, pero que entiende que en Delgados y Rosados puede confiar sin riesgo a ser prejuiciado socialmente. Es, desde esta perspectiva, una cumbia blanqueada. Pero ahí está lo serrano, presente y ausente, en algún eco de esa guitarra y de ese bajo imperecedero.

La versión colombiana, grabada un año después, internacionaliza aún más el sonido y la estética, sobre todo con el uso del saxofón que complejiza la chichera mezcla de guitarra-bajo. La voz de Rofoldo Aicardi, acá junto a Los Hispanos, es también más blanca y típicamente cumbiera. Podría apostar que “Cariñito” sehace famosa en Chile por la grabación de Discos Fuentes y que Pachuco, o incluso capaz el gran Macha, no escucharon nunca la versión de Rosado, tal como sin dudas debe de haber ocurrido con tantas otras cumbias peruanas famosas acá en Chile, mediadas por versiones colombianas ochenteras, muchas de ella de Rodolfo, como “La Colegiala”, “Ojitos Hechiceros”, “Traicionera” y un largo largo etcétera.

La versión de Rodolfo, en la línea de un ritmo más lento del que le asociamos en Chile, es puro sonora, aunque el flirteo no le alcanza para que pase por una cumbia de La Sonora Dinamita. Es, me parece, un intento algo fallido de neutralizarla en su adn serrano. Escúchese, por ejemplo, cómo atacan las voces el estribillo, en la más fina tradición corralera… pero siempre se debe llegar una vez más al momento del riff, y ahí la posibilidad de pasar por canción barranquillera es poca o casi nula.

¿Qué versión habrá llegado primero a Chile? Mi intuición entiende que la colombiana podría haber sido más difundida, pero que la versión peruana se conoció acá, sobre todo (o al menos) en la zona norte del país. De otra manera es difícil entender cómo en 1980 también ya la versionaban Los Viking’s 5 de una manera que solo hace recordar la original de Los Hijos del Sol y la cumbia peruana en general.

La guitarra de 00′ 03”, por ejemplo, no tiene otra raíz sino el sonido peruano de aquellos años, aunque en algunas partes Los Viking’s 5 hablen de un “estilo propio” (acá)… ¿acaso por la aceleración impuesta a este y otros temas grabados por entonces? Más allá de esa aceleración, el estilo es sobrio, en una conjunción estética que sí se puede reconocer como propia de una manera que podríamos llamar cumbia a la chilena. ¿Habrá sido un single esta versión, se habrá conocido en las radios y en los bailes,  o solo habrá sido una track más del LP en el que había registrado? Al lado de la máquinaria que luego impondrá Pachuco, pareciera que a esta versión le faltó algo de convicción y no pareciera haber destinado para la difusión masiva, porque, no sé, la melodía del coro, la parte medular de esta cumbia,  no está realzada de manera especial y se pierde un poco en la velocidad impuesta a la versión. Tiene cierto aire a un tema más, aunque ahora se nos convierta en una pieza clave para establecer que la cumbia peruana se conocía en parte de Chile en sus versiones originales, en un proceso similar al que quince años después veremos se reipte con el Sound.

A mediados de los ochenta, Pachuco y la Cubanacán sacan el clásico disco “El Africano”. El décimo track del largaduración es una locura: “Cariñito” ¡¡al fin sonando como la diablada que le han negado ser!! ¿Cómo habrá sonado para el imaginario ochentero, en plena dictadura militar, esta mezcla de carnaval y cumbia tradicional que proponía la Cubanacán? Debe de haber llegado al corazón de los oídos nacionales y puesto con un alfiler junto al “Mambo de Machaguay” y a “Mañana me voy pal Norte” y a la “Reina del Tamarugal” y a todas esas canciones que al menos acá en el centro nos recrean una y otra vez el mito de La Tirana, de lo andino, allá lejos por el norte, de lo altiplánico. Esta versión tenía que ser un hit y jamás podría haberse librado de convertirse en el emotivo combo que representa.

Acá los metales aparecen ya sin ninguna vergüenza y Pachuco la trata como verdadera cumbia andina, es decir, como si fuera una diablada acumbiada. El inicio es potente y de seguro se quiso replicar el efecto Mambo de Machaguay, tan usado por los mismos Jaivas en otras canciones, por Sol y Lluvia, por Chico Trujillo últimamente. Se potencia, además, el efecto energizante del retorno al riff, ya mencionado más arriba, y que aporta tanto al momento de estar bailándola.

La versión dosmilera de Chico Trujillo extremiza aún más todas las características que ya están presentes en la versión de Pachuco. Ya han pasado dos décadas (la grabación es del 2003, en vivo), el Macha y compañía están en Berlín, y después de unos noventa más bien oscuros para la cumbia chilena – con ese destello fulminante de luz enrarecida que fue el Sound-, Santiago comienza a inundarse nuevamente de cumbia, de una cumbia de barrio universitario, de mambo nuevo y de mezcla híbrida desvergonzada y sincera, post pretensionalidades alvarohenriquiztas.

Acá nuevamente se recrea una supuesta línea directa entre “Cariñito” y alguna diablada iquiqueña. ¡¡Qué curioso, insisto, que este sea el mismo camino de recreación de lo nortino que siguieron Los Jaivas para instalar, imperecedero, al “Mambo de Machaguay”, huayno piolísima en su origen, en el imaginario sonoro chileno!! Y acá estamos más cerca del “Mambo” que Los Hijos del Sol… el ritmo está desaforado, los metales lo gobiernan todo, la voz del Macha se destempla como solo él sabe hacerlo, el público salta como si estuviera en el Galpón Víctor Jara… la audición así, en vivo, de esta versión es una experiencia arrolladora (cuando la escuchas efectivamente en vivo… y en directo), más si uno piensa que eso puede estar sucediendo en medio de la tranquila noche santiaguina. Escúchese – ojalá vívase- el retorno al riff famoso después de que la orquesta se ha silenciado para que el público coree el estribillo… ¡¡Ahí está todo el mito de el norte actualizado y excelentemente exagerado!! Ángel Aníbal debe estar reclamando, desde su tumba, por la bulla estridente en el barrio. El camino de ocultamiento que intentó originalmente Rosado acá está revertido y llevado al paroxismo.

El símil limeño de Chico Trujillo es Bareto – por origen musical y por público específico que atraen-, aunque, que quede claro desde ya, la maestra presencia del Macha sobre el escenario no se replica para nada de igual manera por los limeños. Pero son fenómenos y procesos paralelos y similares en varios aspectos, aunque mucho más abc1 los Bareto (“los blanquiñosos pitucos de la cumbia, con un corazón más cholo que el mío” dice en tono de sincero y completo piropo Magaly, la polémica animadora del programa Magaly TV), incluso pensando que Chico Trujillo ha seguido quizás un camino hacia donde mismo. Sin insistir en la superior calidad de los floripondios, sobresale de inmediato que la nueva versión peruana incluye igualmente metales, aunque más en la línea de Rodolfo que de Pachuco. Pero la voz no es cumbiera, el estilo no es cumbiero (¡¡menos chichero!!) y resulta más un ejercicio que me suena caprichoso y algo oportunista, que una lectura que aporte nuevos aires a la ya clásica canción.

Más intersante resulta la lectura rockera de La Sarita, porque los mismos códigos de neutralidad, de velo, acá se actualizan en una dirección inusitada – escúchese la voz infantil citando al “Cóndor Pasa” como macabra intertextualidad.

Los seguidores de esta agrupación hablan de rock fusión, aunque me cuesta ver lo fusionado de esta versión, más allá de su adn innegable. Pero se reafirma, entonces, que “Cariñito” es de las cumbias más importantes del movimiento limeño setentero, a pesar de la extrema simpleza que snobistas internautas le achacan, porque de lo contrario no se entiende la fuerza interior que tiene para recrearse una y otra y otra vez, aguantando tanto choque estilístico y estético, aunque siempre con esa emotividad a flor de piel, tan sincera, tan diáfana, que la caracteriza. Un verdadero clásico. Y peruano, por cierto.

BONUS TRACKs
1) Versión antofagastina, unida con “Largo tour” de Sol y Lluvia

2) Versión “charango y zampoña”

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