CANCIONES MESTIZAS SOBRE DOLORES INDIOS

Como siempre, como tantas otras veces, estamos viviendo tiempos atribulados para las personas pertenecientes a etnias originarias, no solo acá en Chile, sino que en diversos puntos del continente, pero particularmente en Chile, ya que hace más de dos meses treinta y cuatro de ellos han iniciado una severa huelga de hambre que nos tiene, de manera creciente, con el alma en un hilo.

El dramático hecho coyuntural destapa nuevamente varios temas en la prensa, en las conversaciones entre colegas, en aquello que se llama “la opinión pública”. Muchos se sorprenden de la insistencia en la aparición de estos viejos temas, cuando la sorpresa que debería embargarnos es cómo estos viejos temas se terminan siempre callando para no darles nunca una solución definitiva, para mantener un stato quo finalmente provechoso para la centralidad mestiza hegemónica. La verdad es que,  fuera de la ocurrencia de estas dramáticas circunstancias, para el chileno “medio”, para el mestizo hegemónico, hablar del tema de las etnias originarias se nos vuelve en la práctica un tabú. De hecho, creemos (quizás sea cierto, quizás no, quizás sea imposible en realidad plantearlo de esta manera) que el chileno “medio” ES mestizo. Creemos que existe algo que se puede llamar “chileno medio”. Y que es mestizo. Y que vive en Santiago o en las capitales regionales y provinciales del país. Siempre me he sorprendido que gente incluso con “marcadas” facciones nativas y que viven en Santiago, en Quillota o en Arica parecieran autorrepresentarse ¡como blancos europeos, que nisiquiera mestizos! Como si nada en su sangre tuviera alguna conexión con ascendentes nativos. Ese mestizo blanqueado, finalmente huacho, sin historia, negador de un padre o de una madre, que invisibiliza su herencia, es el chileno medio, y a ese chileno medio lo he encontrado, lo he escuchado burlarse del cholo y del sureño,  en forma de peñeteñe en Providencia, en Iquique, en Hijuelas  y en Temuco. Todo esto, en lo personal, no deja nunca de sorprenderme. Una y otra vez.

El tema me da vueltas y vueltas en la cabeza. Advierto una incomodidad que me parece algo endémica. Me propuse buscar, entonces, en la música, en nuestra música, alguna manera de al menos observar y reflexionar sobre todo esto. Por años los músicos chilenos se han caracterizado por tener una conciencia social, política y ética de nuestra realidad cabal, brutal y verbalmente directa. Las Parra y los González han surcado una ética/estética musical cuyo hilo conductor ha sido la desfachatez en el discurso, la lucidez en el diagnóstico y la combatiente amargura en el tono. Así, creo yo, eso que podríamos llamar música chilena no destaca por basarse en algún ritmo bailable ni por la nostalgia que inspira o por la belleza armónica, sino por su discurso combativo y feroz. Ejemplos hay infinitos.

El nativo, sin embargo, complica también, siento, a esta música chilena. La complica de manera subterránea y discursiva. Escuchemos a tres representantes de nuestra música y démosle una vuelta al tema: Violeta Parra, Inti Illimani y Los Jaivas. Dos cosas me sorprenden de partida:

1. La escasez de canciones que, en realidad, tratan el tema indígena (incluso mirando la discografía de Víctor Jara, Quilapayún, Patricio Manns, Los Prisioneros, Los Tres… ¿¿o mucha ignorancia mía??). Las hay, por supuesto, pero en realidad no es un tópico recurrente ni que se discursee mucho. Más bien se discursea nada.

2. La representación “antigua” y superada que en los casos más emblemáticos encontramos actualizada, sobre todo por la utilización de la palabra “indio” para referirse a los pueblos nativos, tanto en Violeta Parra como en Inti y Los Jaivas. Asumo que el cambio a la noción de “originario” o “nativo” -en desmedro de las hoy consideradas discriminantes “indio” e “indígena”- es un triunfo de los progresismos de los últimos veinte años y que, por lo tanto, no es achacable en principio el mote de discriminatoria, por ejemplo, a Violeta Parra por decir “al indio le basta el oro”. La conciencia ideológica fue un triunfo musical impulsado desde los años cincuenta por Parra; la lingüística diría que recién comenzó a madurarse con Los Prisioneros, acaso, y sobre todo con el hip hop de los últimos quince años.

Analicemos tres ejemplos concretos. De Parra, dejemos a un lado por esta vez Arauco tiene una pena (canción de esas hechas para abrir conciencias mestizas, como cuando dice “ya no son los españoles / los que les hacen llorar / hoy son los propios chilenos / los que les quitan su pan”, ya que, entre otras cosas interesantes, separa sin empacho las “nacionalidades”, al tratar a “los chilenos” como unos otros) y escuchemos Mañana me voy pal norte, temazo (versionado tanto por Inti como por Los Jaivas) que rara vez se considera indigenista y que, bajo mi criterio, lo es completamente.

Lo primero que sorprende del tema grabado por Parra en París, antes o durante 1965, es el penetrante sonido de la caja redoblante en ritmo y estética de marcha militar (que suena aún más marcial en la versión de Inti, pero trastocado a mambo de machaguay en la grabación de Los Jaivas). Pronto aparece una guitarra percusiva, tan utilizada por Parra para redireccionar al oyente a músicas nativas, pero esa caja marchando está ahí, inequívoca y resonante desde el primer segundo y a lo largo de toda la canción (junto al resto de la precusión que va variando de salida, en un interesante aprovechamiento del estéreo). ¿Por qué? Supongo que es el primer signo de la mirada centrina que despliega Parra durante el tema. Pensemos que para los años de la grabación no habían pasado aún cien años de la anexión del Tarapacá a la República de Chile ¡¡y apenas treinta de la anexión definitiva de Arica y Parinacota!! Bien se sabe que, musicalmente hablando, antes de Violeta Parra en la práctica no se había descubierto el Norte dentro de lo que llamamos la música chilena (tampoco Chiloé, curiosamente, ni Isla de Pascua) y supongo entonces que cualquier representación rítmica de la pampa y del altiplano aún sonaba más a campaña del 79 que a charango y canto en aymará. Al menos Mañana me voy pal norte tiene ese aire de soldado que agarra el ramal en La Calera para ir a apropiarse del salitre y la línea de canto de Parra sugiere cierto aire combativo, al menos enérgico (por eso, para mi gusto, es tan lamentable la versión de Inti, con su sonoridad perfecta y su canto de grupo de proyección folclórica).

Musical y discursivamente, la canción se construye como un encuentro entre el norte y el sur del país, entre Temuco y Pozo Almonte, ya sea por las isotopías desplegadas (flores del tamarugo, copihues del copihual; trutruca, quena; esquinazo, salitrero) como por el estilo de canto coral nguillatuneado que precede a las transiciones con flauta (quena en Inti) más evocadoras de aires nortinos. La música y el canto son, entonces,  la visa que encuentra Parra para fundir, reunir, mestizar las identidades musicales diversas del país: el primer encuentro del sureño con el nortino, del nortino con el sureño. La magia se ha producido a través, como no, de la mezcla y el sincretismo del arte.

Lo que se suele pasar en alto, bajo mi criterio, y aunque la letra es explícita en eso, es que ese encuentro es el de los mundos nativos del sur y del norte. Es, por decirlo así, la primera (y quizás única) canción del repertorio nacional que construye una estética/ética multicultural en la música chilena (aunque creo que la misma Violeta Parra lo hace en otras canciones igualmente, al menos por la utilización de instrumentos de orígenes diversos en un mismo tema). Insisto en una idea: este es el saludo de los ritmos y los discursos nativos sureños a los ritmos y discursos nortinos ¡¡después de al menos 30 años de anexión de esas tierras a la República mestiza del Chile central!! Mapuches y “nortinos” se saludan en Parra, en esta mesa de flores de tamarugos y copihues y es en ella que lloran “todas sus penas” acompañados de quena y “tambor de indio”. Simplemente, emocionante. Quizás una de las mejores canciones de toda la discografía parreana.

Veamos un segundo caso. A fines de 1972, Los Jaivas graban un disco single que contiene Corre que te pillo e Indio Hermano. Este último tema complejiza aún más el entramado discursivo del mestizo chileno con lo “indio” y se convierte, a mi gusto, en la mejor letra “india” que ha surgido en la música chilena ¡¡sin ser quizás en nada indigenista!!

El sonido inicial de la guitarra nos lleva inmediatamente al norte… o a lo que en el centro conocemos como norte. Un ritmo nostálgico que bien podría ser un bolero cantinero cantado por Lorenzo Valderramas o por la gran Carmencita Lara nos enmarca, entonces, en cierta representación de lo que será este indio hermano. Es el centro mirando al ancho y ajeno y lejano altiplano. Los quiebres huayneros (¡con caja redoblante, por supuesto!), en 2:39 y en 5:44, solo intensifican la recreación de un espacio sonoro prototipizado en las estéticas musicales de los años setenta y que discursea sobre el norte como el gran espacio de libertad, de añoranza, de hermandad que no se vivían en las urbes de por acá.

Este indio hermano es un emblema, es una metáfora de aquel que no se somete al capitalismo ni al individualismo. No es, en útlimo término, un indio. ¿Ya habían lecturas, en el seno del grupo, de Alturas de Macchu Picchu? La visión, supongo, iba por otro lado: en Santiago, en Viña del Mar, el hippie representa y se convierte en el nuevo ser no alienado de la sociedad, en constante resistencia, al igual que el indio hermano. En esta canción, no tradicionalmente indigenista, como dije más arriba, no está la defensa del indio como lo hará Inti Illimani en “El lamento del indio” (de tonos más sociales e izquierdozos), sino del indio pachamámico (lo digo con el sentido que en el centro le damos a esa palabra), con conciencia cósmica ¡¡muy distinto al discurso indígena que la hegemonía musical de la época habría querido proyectar!! En Indio Hermano está la quintaesencia de Los Jaivas como un grupo de “tercera vía” en los discursos ideológicos nacionales. Indio Hermano es, derechamente, una declaración de principios (acaso de las más diáfanas del repertorio), un rayado de cancha, un manifiesto dentro de la escena musical de la época: “no me importa el hambre ni la cárcel ni el dolor. Soy un hombre y no una pieza más de esta cuestión”. Si lo queremos pensar bien, es una verdadera letra de identificación. Si vemos bajo el agua, sospecharíamos que acá Los Jaivas hablan poco del indio y mucho, quizás solo, de ellos mismos.

Y un tercer caso, El lamento del indio de Inti Illimani. Esta canción fue grabada en 1975, cuando la agrupación ya estaba exiliada en Italia. La canción es de origen ecuatoriano, como tantas otras que en la época grabó Inti, pero lo que es relevante para un comentario discursivo es escudriñar por qué, en casos como este, se produce el deseo y la necesidad del cover, de la interpretación, de posicionar ese discurso en un circuito semiótico distinto del que le vio nacer.

El arpegio del charango da inicio a una canción que tiene los timbres instrumentales y canoros prototípicos con los que se recreó la música andina por parte de la hegemonía centrina chilena (virtuosismo en el charango, dulces quenas en conjunto). El tono casi festivo de la versión me suena a preciosismo, opción ética/estética que siempre me ha llamado la atención en Inti. Siento, en relación a eso, que si con en una mano Inti difundía todo un cancionero andino que no se conocía en el Chile mestizo,  lo que podría entenderse como un dar poder de voz, con la otra invalidaba en cierta medida ese ejercicio de repertorio al hacer el juego más occidental de la grabación perfecta, el tono solemne, la pulcritud absoluta de la ejecución. Un proceso de blanqueamiento, desde mi perspectiva.

Discursivamente, la canción transita por el carril más victimizante del indigenismo. Es, desde esa perspectiva (y de otras también) el punto contrario a Indio Hermano. El “indio” aparece acá completamente sometido, imposibilitado de tener una esperanza o una vía de escape. Violeta Parra habría argumentado que al indio “le basta” con “los arados, los sembríos, las cosechas y su amor”, pero la palabra clave acá es “sólo”… en la vida del nativo solo hay pena, solo hay sufrimiento, solo hay dolor y, a pesar de la primera estrofa, el tono imperante acá es, ya lo dice el título, el del lamento. ¿Conciencia del exiliado que lleva a esta profunda desazón? ¿Discurso hegemónico sobre lo indígena desde las conciencias izquierdistas mestizas? Lo cierto es que Lamento del indio expone, según mi criterio, de manera transparente el problema discursivo que todo nuestro discurso tiene en relación al tratamiento de lo indígena y que, quizás de maneras menos claras, se manifiestan igual en Mañana me voy pal norte y en Indio Hermano.

Yo veo, por ejemplo, dos claras paradojas en estas canciones escuchadas por oidores contemporáneos, nosotros, los del 2010. Volvamos al uso de la palabra “indio” en los tres casos. Entiendo que no podemos pensar que en esa época dicha palabra ya tuviera una connotación negativa… pero, dado que nuestro repertorio no ha actualizado en demasía un discurso hacia lo nativo (excepto, por supuesto, el hip hop), nos vemos obligados a mantener la difusión constante de estas clásicas canciones… ¿acaso esta situación no aportará en algo, paradojalmente, a mantener una visión sesgada, dada la conciencia que hemos ganado, a la par de su intento sincero y bienintencionado de posicionar el tema dentro de la música nacional?

Por otra parte, ninguna de estas tres canciones (ni Arauco tiene una pena, dicho sea de paso) ¡le da el más mínimo poder de voz al indio hermano! Y en las reflexiones discursivas ese elemento es central… ¿quién habla? ¿quién habla por quién? Acá no se dan ninguna de las dos situaciones posibles: que Parra o el Gato Alquinta canten asumiendo la voz indígena o que ellos dejen cantar a un representante de una etnia. Y como en toda paradoja, podemos entender esto desde la buenaintención: lo que interesa es visibilizar un problema, dar un espacio político (pero no discursivo) a la temática, manifestar empatía (Parra), condescendencia (Inti), identificación (Los Jaivas). Lo prudente y lo honesto, desde esa perspectiva, es cantarle al “indio” y no HACER de indio (cómo, por qué, podrían atribuirse el ser su voz???)… pero entonces, dónde está el indio, dónde en la música popular chilena, dónde en el espacio discursivo mestizo, hegemónico, centrino? Los pueblos nativos NO tienen (excepeto en el hip hop, vuelvo a insistir) UN espacio, un poder de voz en la música chilena, mestiza, centrina, hegemónica.

Es difícil para nosotros, mestizos blanqueados, hablar de lo nativo. Nos complica la conjugación del verbo. No sabemos si verlo como un “hermano-otro” o un “nosotros”. Desconocemos si es válido hacer lo de ellos nuestro, lo que creemos nuestro distinguirlo de un de ellos, si lo que les debemos es mera empatía, identificación o distante pero honesto respeto. No sabemos decir con palabras claras si son parte de nosotros, si somos parte de ellos, si ellos y nosotros somos parte de algo en común (“Chile” es, digámoslo, una entelequia), si nuestra palabra mestiza debe ser solo de apoyo, de “sumarse” a una lucha ajena, de conceptualizar que efectivamente “su” lucha es “nuestra” lucha, que es la misma lucha (so riesgo de que ellos rechacen tal perspectiva, especialmente los que indican con radical transparencia que niegan ser “chilenos”).

Cómo se nota que pocas veces, acaso nunca, hemos reflexionado en serio sobre qué significa nuestra condición de país multicultural (por algo el chileno medio no se reconoce bajo dicha denominación). Y eso, incluso en los discursos de nuestros artistas queda amargamente patente.

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