EL VIEJO DEL SOMBRERÓN

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Durante los años ochenta y noventa un tipo de discurso especial predominó, o al menos fue bastante común,  en la cumbia que se creó en Colombia, que se grabó y difundió desde México y que se bailó en toda América. Este tipo discursivo es el de una suerte diálogo entre un hombre que desea una mujer (o algo de esa mujer) y la mujer que le responde, normalmente brava y quedando, entre comillas, bien parada, porque ella es más viva que él. Tu cucu es la más clásica de todas estas cumbias, pero no la única: La cortina, Mi pichichi, Capullo y Soruyo están construidas con la misma lógica discursiva, eufemísticamente machista y de contagioso tono humorístico. El hombre siempre quiere el cuerpo o (implícitamente) un encuentro sexual con la cantante y ella se libra de eso o demuestra que en realidad ha hecho leso al macho. Son un clásico de las cumbias de sonora de hace veinte años atrás.

El viejo del sombrerón es de este tipo de cumbias.Dos versiones andan dando vueltas por ahí. La original es de Calixto Ochoa, en clave vallenato, con acordeón, voz femenina más “autóctona” (ya comentaré sobre ella) y tiempo más reducido.

La versión más conocida  es la de La Sonora Dinamita, en clave de la más pura sonora, con voces más internacionales (colombianas, pero ya pasadas por el cedazo de la externalización mexicana) y un ritmo algo más calmado.

La letras es digna de una comedia buffa. El cantante resalta, durante el primer tercio de la canción (hasta 0:43 en la versión de La Sonora Dinamita) su masculinidad proyectada en el auto que recién se ha comprado. “Cuando consigo una chica, él me lleva donde quiera”, canta con orgullo y confianza en su compañero de parranda y de aventuras amorosas. Hasta acá la cumbia va en una dirección que no sugiere, para nada, el vuelco rossiniano que se avecina. Para seguir la metáfora operática, en 0:54 escuchamos un diálogo parlato entre el cantante y una muchacha… una segura nueva conquista de nuestro macho latino. En 0:57 de la versión estudio (1:01 en la versión de Ochoa) la mujer, astuta y sensual, rechaza la propuesta del cantante por estar esperando al viejo del sombrerón y de ahí en adelante la cumbia pasa a un segundo momento, en el que el hombre se pregunta cuál es la magia que hace este misterioso otro conductor cazador de aventuras amorosas (de 1:21 a a 2:02 en la versión de La Sonora). Lo que había comenzado como una cumbia de macho latino triunfador ha devenido en una de macho latino atribulado y confundido porque su juventud ha sido mancillada por un anciano.

En 2:03 (2:21 en la versión de Ochoa) se produce la magia de toda esta cumbia. Vuelve a aparecer la voz femenina, ahora sí para apropiarse del canto y de la melodía sin soltarla más durante la canción, y se arroja en una suerte de canto di bravura, como si fuera la cabaletta gloriosa del final de acto. En una línea de canto más bien central, sin dificultades, pero que no deja mucho espacio para la respiración por momentos, la mujer va explicando cómo es que el viejo del sombrerón la ha encandilado. Los pipipí son, claro está, el elemento buffo destinado a humillar aún más al macho cantante, con un climax cuando ella dice “con el pipí, me toca el pito,  pi pi, me tiene amañada con el pipí”. Y todo esto ¡¡solo con dos acordes!! Esa es la grandeza de la cumbia.

¿Cuál de las dos versiones vacilar más? Escuchemos con atención la parte femenina final que es, a mi parecer, lo mejor de toda la canción.

En la versión de Ochoa canta Betty Oyola, quien lo hace  con una voz preciosa, carnosa, llena de caribe y de sabor. Es una voz con resonancia nasal, gruesa y rica en armónicos, con ese calor que asociamos inmediatamente con canto más bien rural, popular, sudoroso y desfachatado. Una pequeña variante en el acompañamiento instrumental da aún mayor realce a la voz femenina: hasta ese punto el piano (o teclado) venía con una función más protagónica, realizando arpegios y acompañándose de otros instrumentos, que buscaban quizás resaltar el aspecto más buffo de la parte masculina; pero cuando aparece la voz de ella, todos esos instrumentos se silencian, el piano solo va marcando acordes y el acompañamiento se reduce, en la práctica, a bajo y percusión. La audición se centra, entonces, en esa voz carnosa y expresiva.

En la versión de La Sonora Dinamita está, en cambio, la India Meliyará, con su voz menos gruesa, pero llena de sensualidad urbana, de coquetas inflexiones. Es un timbre más internacional, similar si se quiere al de muchas cantantes de cumbias que, hay que decirlo, vinieron después de la India, de Margarita y de aquellas otras cantantes que engalanaron a La Sonora Dinamita ochentera y noventera.

Meliyará y Margarita (la de Que nadie sepa mi sufrir) abrieron un camino de buena línea de canto, control en la diversidad de énfasis y toques de humor. Una continuadora de esa ruta fue Vilma Díaz, como se pueden observar en la versión en vivo cantada junto a Willie Calderón ( y la presencia silenciosa del gran Lucho Argaín) en el programa noventero de Verónica Castro. En este caso, eso sí, nos encontramos con una voz más oscura y sombría, que destacó mucho en cumbias agitanadas como Ya para qué o El desamor, más que en cumbias del estilo dialogado, como la que escuchamos en esta entrada.

Todas estas versiones tienen sus sensuales fortalezas, dadas, claro está, por la maestría compositiva de Ochoa (¡¡todo con solo dos acordes!!), que crea una cumbia hecha para que la cantante se luzca con su voz y su timbre latino, urbano o rural, lleno de picardía (rossiniana) y decisión. Sea cual sea la versión preferida… ¡¡a bailar!!

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