EL CONDUCTOR

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Una de las cumbias con mayor tradición y numerosas versiones de las que toca Chico Trujillo es “El conductor”. Compuesta por los colombianos Alberto Buitrago y José Bedoya, hay que justamente viajar al país cafetero y vacilar las parrandas de diciembre, como ellos llaman a festejos interminables que llevan a cabo entre navidad y año nuevo, para encontrar en las tierras antioqueñas una versión que podríamos considerar “original”, ya que es del mismísmo José Bedoya.

Acá no hay aún estridencias orquestales, sino genuino sabor campesino, con esa guitarra parrandera, con esa voz articulada en perfecto español colombiano (sus “s” levemente sibiladas son una delicia), con el contrabajo penetrante y regular y, claro, con la percusión de timbres variados propia de estas músicas. Nada en la interpretación recalca el carácter chistoso de la letra y todo está puesto ahí en su justo sitio, con la chispeante sobriedad que tienen los intérpretes que no tienen que justificar en ningún falso ademán, en ninguna falsa inflexión de la voz,  su pasión por la música que hacen.

Luego nos encontramos con una versión muy poco conocida por estos lados de América, supongo que, básicamente, porque está en clave más cercana a la salsa y ya sabemos lo difícil que ha sido el desembarque de la salsa más al sur del río Rimac.

Acá, en la versión de Carlos Muñoz y Su Orquesta ya tenemos una gran banda dándole con todo a los metales, al teclado y al bajo electrónico. El coro acompañante se conforma con un dúo grave – agudo que se inserta en la tradición de interpretación tropical clásica, pero la voz de Muñoz es completamente urbana y salsera. Son los tiempos y los sonidos de visagra de tradiciones y sonoridades distintas, de exploración en la cumbia en los ritmos bailables en general. El ritmo se acelera, los platillos marcan su presencia, la percusión sigue exuberante y los metales dialogan con el solista, que no puede evitar resaltar de manera particular el tono bufón de la letra hacia el final de la grabación (2:48 en adelante).

Con Mike Laure llegamos a lo que podríamos considerar una versión clásica y quizás, junto a la de Los Wawancó, la más conocida por estas tierras sureñas.

El mexicano también pertenece a estos intérpretes visagra que iluminaron, en los sesenta, nuevas formas de tocar cumbia a partir del encuentro con las maneras antiguas.  Acá encontramos, por ejemplo, un mix de sonoridades amalgamadas por la magia del estéreo, posibilidad tecnológica que tanto impactó en las grabaciones de cumbias mexicanas de la época. Por la pista izquierda, el saxo y el acordeón nos remiten derechamente a una manera tradicional de orquestar cumbias. alejado aún de la manera salsera de Muñoz. Por la pista derecha, a su vez, un güiro constante y, la exquisitez de esta versión, un piano de boite, de gran orquesta, acompaña chispeante durante toda la grabación. De hecho, vale la pena escucharlo con mayor detalle:

El pianista está realmente convencido de que está acompañando cumbia buena y se vuela en 00:04, 00:13, 00:27, 00:54, con sus respectivas repeticiones en la segunda exposición. Vientos tradicionales, un piano de gran salón, de boite elegante, de casa de niñas de fina estirpe (como en nuestra cueca brava), coro con timbre jocoso, ritmo de cumbia y grabación en estéreo… ¡los modernos sesentas con todo! Mike Laure hizo mucho por actualizar la cumbia a las nuevas sonoridades y tendencias estéticas y, aunque no lo considero tan rupturista como los peruanos de aquellos años, permitió que el ritmo colombiano se internacionalizara, se proyectara en el tiempo y que la cumbia no se quedara solo como música navideña en Medellín. Con Mike Laure en México, Los Wawancó en Argentina y Los Destellos en Perú, la cumbia dio el paso para convertirse en un ritmo americano, moderno sobre todo y emperecedero.

Al lado de Mike Laure, la versión de Los Wawancó parece un pichintún menos interesante, pero eso es también porque quizás se pueda advertir cierto tono impostado, algo artificioso, de hacer cumbia desde el sur pero queriendo sonar antioqueño o caribeño… constante falla estilística, según mi gusto, en el internacional grupo desarrollado en Argentina, que de todas maneras no le quita calidad profesional a la ejecución.

Es, sin duda, una versión clásica, sobre todo por ese timbre de voz tan reconocible que tiene el vocalista de la agrupación, “Taco” Morales. El ritmo no está tan acelerado, el acompañamiento orquestal en las estrofas es reducido al bajo y a la percusión, en un estilo imperante en la forma de hacer cumbia en Argentina y Chile, y esporádicamente algunas voces y gritos le dan ese toque tropical o fiestero o supuestamente desordenado que la cumbia, parece, tenía y debería tener (00:03, 01:36, 1:52). La gaita incial lo “tropicaliza” todo.

Lisandro Meza, famoso acordeonista colombiano, también tiene su versión de “El conductor” ¡de casi seis minutos!, probablemente grabada en los últimos años, dado el excelente sonido que tiene el registro y el uso (¡moderno! una vez más) de la guitarra eléctrica, algo tímida de todas maneras en relación al diálogo establecido entre el preponderante acordeón y la floclorizante gaita que acompañan la versión. La voz, además, se escucha algo cansada, en relación a otras grabaciones del mismo Meza:

Chico Trujillo, finalmente, comienza a tocar “El conductor” en sus tocatas del 2005 – 2006 y graban su versión en la misma época en el disco “Cumbia chilombiana”, quizás su lp más clásico. Aún tengo en mi oído versiones en vivo en las que a los trombones los hacían sonar en una sola nota, insistentes y machacantes, mientras El Macha susurraba destrozado “revisé la batería y nada”, pero nada de eso quedó en esta versión.

Lo que impacta de entrada es el uso de metales pesados, como el trombón, para interpretar la melodía que ya se ha hecho parte epidérmica de la canción. Esa sonoridad ya tan propia del nuevo mambo santiaguino, junto a la voz de El Macha, resaltando más de lo necesario el carácter bufo de la letra (por ejemplo, en 00:23), generan el sonido trujillano que ya conocemos. El coro también insiste en el carácter ridículo (00:33), opción estilística que ha funcionado, entiendo, como justificativo validante para que jóvenes que jamás habrían escuchado cumbia (así de abiertamente) sí escuchen a los de Villa Alemana (el carácter “súper loco” del nuevo mambo capitalino), pero que en realidad resulta desagrable para el oído cumbiero neto. Por su parte, la voz doblada en “qué le pasa qué le pasa a mi camión” y el trabajo de relojería con los metales vuelven a esta versión una esquisitez sonora, quizás con demasiada limpieza de estudio, y por lo tanto poca vida… pero esencial dentro de su discografía. Siempre será mejor, de todas maneras, escucharlos en vivo. Ahí el poder, el magnetismo de El Macha lo transforma todo y no se puede parar de bailar, y el sonido, más sucio, resulta más idóneo para la cumbia en general y para esta cumbia en particular.

En definitiva, versiones variadísimas entre sí de este hit trujillano que ya la tienen como clásica dentro de las grabaciones de cumbia en Chile.

Bonus: versión “Barcelona”

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