CANTO A LA CARMELA EN PUMANQUE

Fotografía de Emilia Catalán en la casa de don Osvaldo, Rinconada La Higuera, Pumanque, VI Región.

Madrugada del 16 de julio de 2012. Después de 6 años vuelvo al pueblo de Pumanque, en el corazón agreste de la VI Región, para encontrarme con viejos ecos de voces y guitarras. Vuelvo para escuchar una vez más canto a lo divino.

Es la noche de la Carmela. Aunque no lo digan, muchas casas en el pueblo y en los campos están esta noche reunidos en torno a la virgencita. Devoción popular y poco institucionalizada, tradición oral que vive vigente en el corazón de las familias, pago de manda, espacio de encuentro con los vecinos y entre las distintas generaciones.

Sienten que ya no es lo de antes, que ya no hay tantos cantores como solía haber. Que quizás cuánto dure todo esto. Pero yo lo siento vivo aún. Al menos en cinco o seis casas esta noche de víspera de 16 el canto, las velas, el trago y la comida están en honor a la Carmela. Otras casas postergaron para la noche próxima o para el siguiente fin de semana. Muchas familias se preparan para cantarle a la virgencita. Quizás haya poco cantores, pero los hay ya de edad y los hay más jóvenes. Un hombre de unos 40 años, el Mandi, nos sorprende con su voz firme, hermosa y afinada, su verso seguro y su entonación variada. En la casa de don Osvaldo, dos cantores nos sorprenden con décimas cuyos versos no presentaban la disposición canónica (ABABB-CCDCD). Sus guitarras, traspuestas, generaban un ambiente místico de indescriptible belleza. Verlos encontrar la afinación de la nueva ronda de décimas nos mostraba, a su vez, la crudeza bella de su arte. En el pueblo, un hombre de unos 35 años cuenta que hace unos tres meses se junta con otras personas de Pumanque a practicar canto a lo divino. La tradición está viva. Y está viva porque aún hay un pueblo que la siente y que sin forzarla la hace vibrar cada año.

Madrugada del 16 de julio. Pueblo de Pumanque. Los ecos de voces y guitarras reunen a las familias en torno a la comida, al traguito y a la virgen. Los hombres ofrecen ponche, vino navegao o un combinao. Las mujeres, queque, galletas o comida. Afuera de la sala, en algún corredor, las distintas generaciones se reunen a conversar. Del terremoto, muchas veces, fantasma de ruido y derrumbe que aún sigue deambulando por los corredores abatidos de Pumanque. El pueblo no es el mismo de hace seis años. De noche, en medio de la niebla, el espectáculo triste de las viejas construcciones de adobe en el suelo, inmóviles y silenciosas, ya son parte de la habitual postal. Pero aún se habla del terremoto. Aún su ruido terrestre genera una extraña conjunción sonora con los sones misteriosos de la guitarra.

Adentro, en medio de la sala, los braseros entregan su calor invernal a punta de carbón de espino. Nosotros somos unos extraños, pero en todas partes nos reciben con el cariño propio de los códigos del anfitrionazgo, ley tan amada y respetada en las casas campesinas. Quizás pensarán que es la Carmela quien nos ha mandado hasta sus hogares, para escuchar como le cantan, así que nos abren las puertas de sus espacios y comparten con nosotros lo que comparten entre ellos.

Afuera la niebla lo cubre todo. En Rinconada Las Higueras todo es oscuridad. Pero desde los patios resuenan la melodía triste y los acordes misteriosos del canto a lo divino. Es una celebración puertas adentro. Durante toda la noche resonarán las décimas y sus temáticas bíblicas y profanas. Verlos ahí es mágico. Allá a lo lejos, en las ciudades, un mundo ha seguido su marcha, sin casi enterarse de que esto está ocurriendo en quizás cuántas casas y capillas de Quilimarí, de Valle Hermoso, de Petorquita, de Alhué. En Pumanque, en la intimidad de los hogares. Toda la noche, hasta que comience a amanecer. La guitarra resuena y resuena, los versos se anidan y se anidad. Pareciera que afuera el mundo se ha detenido.

Está sucediendo. Está vivo. Y es hermoso.

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