CANCIONES DE CARRETERAS Y CAMINOS

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Sin tener el encanto sonoro de los trenes y las vías fèrreas, los caminos, las rutas y las carreteras se presentan recurrentemente en la canción popular americana. Tierras de migrantes, de movimiento, de partidas dolorosas y de partidas esperanzadoras. La vida de los latinoamericanos se ve cruzada, una y otra vez, por las rutas, por los buses y camiones, por las curvas sinuosos, por los choferes amigos, los caminos polvorientos y la mítica Panamericana. Muchas veces no hay un dónde llegar, solo un partir; otras veces hay unas ansias terribles por volver y recién se comienza el camino a casa. En fin, todos esos momentos intensos de vida muchas canciones los han retratado con la emoción y la diversidad estilística propio del cancionero americano. He aquí un puñado de estas canciones.

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Por frenos no me preocupo si es buena la carretera

Partiré por el norte, por México lindo. Por allá muchas canciones evocan, sin nombrarla, rutas y carreteras, pero sobre todo evocan el constante ir y venir desde un lado a otro del Río Grande. En general, la canción de viaje y de ruta que viene desde México (o desde el sur de Estados Unidos) tiene ese trasfondo de migración (“Paso del norte”), legal (“Los hijos de Hernández”) e ilegal (de manera muy indirecta, “El mojado acaudalado”) y de narcotráfico (“Chevrolet 4×4”, “La banda del carro rojo”, entre otras). En todos estos ejemplos, la carretera es un marco ni siquiera explicitado, escenario silencioso de la historia narrada.

Hay un puñados de corridos, sin embargo, en que la carretera es el centro del asunto cantado. La temática es la migración, por cierto, y el tránsito por la frontera. El ejemplo que más me gusta es “Corre corre camioncito”, antiguo corrido versionado en diversas ocasiones. Comparto acá la versión de Las Norteñitas, dúo de voces carnosas y perfecta compenetración de soprano y mezzo. El transfondo ya está dicho: migración y frontera. El camioncito y el conductor se vuelven objeto de la ansiedad de la voz cantora; la velocidad, las alas que llevan a la felicidad; el motor, el “runrunear” que adormece. Esta vez, cierto aire de contenida alegría innunda la canción.

Otras veces, la partida del viaje solo deja tristeza, suspiros y llanto. Es el caso del corrido “Camión de pasajeros”, versionado, entre otros, por Antonio Aguilar. He escogido nuevamente un dúo para compartirlo, por la belleza tosca de las voces y la controlada pero comunicativa emoción:  Las Jilguerillas.

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Caminito, solo tú sabes cuánto sufro por mi amorcito

El escenario de las canciones peruanas sobre carreteras, caminos y choferes es, al igual que en México, la migración, pero en este caso la migración interna. El provinciano en Lima añora su tierra natal, su pueblo querido, su sierra hermosa y plasma en el camino el medio, la manera, de acceder a los recuerdos, de no perder el vínculo. Es el caso de “Pueblo chiquito”, una de las tantas hermosas cumbias de José Luis Carballo interpretadas por Chacalón y acompañada por la guitarra inteligente y creativa de su compositor, guitarra que pareciera representar en sonido, por momentos, la velocidad del pensamiento por el camino que lleva al amado pueblo. Desde mi perspectiva, el efecto alcanza, por sí solo, un gran componente emotivo, expresado con una sutiliza maestra.

Ay camino, caminito, tú que llevas al pueblito

cuéntale a mi dulce amada que muero por un besito.

Pero esta añoranza por la serranía peruana acompaña a la cumbia desde muy temprano en su historia, con un ejemplo paradigmático: “Caminito serrano”, acaso la primera cumbia netamente peruana, por estilo y por la cruda belleza de la guitarra de Enrique Delgado.

Los Shapis componen, a su vez, una cumbia derechamente dedicada a los camioneros de las carreteras del Perú: “Chorfercito camionero”. Acá la temática es la del hombre que busca a su amada. Nuevamente la guitarra evoca en cierto momento del estribillo la sensación de velocidad (en 1:30, por ejemplo), pero en este caso el papel más resaltante es el de los teclados imitando bocinas o claxons, como le dicen en el país hermano. La canción tiene, claro está, ese tono melancólico y dramático propio de la chicha, reforzado por el timbre lastimoso y comunicativo de Chapulín que tan bien definió una identidad en este estilo cumbiero. Simplemente un clásico.

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En “Cariñito” de Los Jharis de Ñaña, la temática de la búsqueda es la misma que en el caso de Los Shapis. También volvemos a escuchar una voz, la de Pascualillo, que enfatiza el sentimiento triste y el abandono, con un timbre personal fácilmente reconocible (por ejemplo, por la resonancia de sus alargamientos vocálicos). Y, cómo no, la guitarra vuelve a tener un papel descriptivo y ornamental. Es cumbia de la carretera central, herederos de una larga tradición de maestría en el uso de la guitarra acompañante (1:02) y protagónica (melodía inicial desde 0:13 y en 0:53, introduciendo la melodía del estribillo) en las cumbias peruanas.

Quizás las cumbias, más que otros ritmos latinos, evoca de manera más directa y descriptiva la velocidad y el avance que significa un viaje en carretera. Conozco un caso más de cumbia peruana, en este caso una bella y contemplativa cumbia selvática de Los Yungas (¿”Por la carretera”?), en la que bajo y guitarra hacen muy bien el juego descriptivo de la carretera nocturna. Lamentablemente no tengo una versión digitalizada de dicha canción como para compartirla.

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Corre, corre carrito por tus carreteras

No solo las cumbias han puesto a las carreteras del Perú en el centro de sus letras y arreglos musicales. En un país con una migración tan alta desde la sierra hacia la capital, por supuesto que los ritmos vernáculos más queridos y apropiados por los grupos provincianos también darían cuenta de este espacio doloroso o esperanzador que resulta ser los caminos y rutas, especialmente los que unen Lima con los pueblos de origen. No es difícil imaginar que el círculo se completa cuando estas personas efectivamente logran volver, aunque sea de pasada, a sus tierras de infancia, y van en los buses escuchando estoy huaynos, una y otra vez, recreando toda una añoranza y una melancolía herida por los violines, los arpas y el ritmo machacoso de esta música.

El Jilguero del Huascarán es quizás el cantante de huayno más importante de medidados de siglo XX en Perú. Desde Ancash fue armando una carrera musical, social y política que lo pone, junto a otros artistas de la época, en un sitial de privilegio dentro de la música peruana. Al lado de canciones esenciales de su repertorio (como por ejemplo la infaltable “Verdades que amargan”), por supuesto tuvo alguna reservada a las carreteras provincianas que tanto recorrió y que tan importante papel cumplen en la historia contemporánea del Perú. En “Carrito de regreso” da voz al migrante que ansía el regreso a su tierra natal:

Cuando llegue a mi tierra viviré contento (..)

ya no quiero que nadie me haga desaire

ni me mire con tantas malas voluntades.

El arpa huyanero va doblando la melodía, reforzando en todo momento la emocionalidad de la línea cantada. Sin dudas una muy hermosa canción, sobre todo si uno la sitúa en un contexto de desarraigo permanente.

Picaflor de Los Andes fue otro importante cantante de huaynos en los años 60 y es retratado por algunos como “el gran intérprete del provinciano andino en Lima”. Es una suerte de estrella de la canción vernacular, masivamente seguido y escuchado, pues sus letras y composiciones habrían reflejado cabalmente el sentimiento y la emoción de toda una población que rehacía su vida lejos de sus pueblos y tradiciones.

En “Carretera de mis penas”, Picaflor de Los Andes queda muy bien descrito el sentido precario de las rutas del Perú de aquellos años. Entendemos que se refiere a rutas que unen a las provincias, pero son “carreteras polvorientas”.

Qué dolor siento en mi pecho

hoy que vuelvo a recorrerte

dice antes de continuar en quechua su lamento. En “Carrito de pasajeros” la voz se sitúa en un extremo del camino; en el otro está su madre. No hay posibilidad de reencuentro, solo de una conexión a través de una carta. El camino es el intermediario. El camino está en el centro del dolor provinciano, es la constatación del olvido, del abandono y de la partida inevitable.

Al menos dos huaynos más, de desigual calidad, reciben el nombre de “Carrito de pasajeros”, lo que muestra muy bien cuánto significados de vida se asocian a su figura, la importancia social y semiótica que se le atribuye y el papel vincular que cumple, a pesar de la lejanía y de los peligros. Como nuevo ejemplo, comparto “Carrito de pasajeros” de Palomilla Tauquino (vean el baile de pareja a partir de 2:56), aunque insisto en que no es la única canción de este tipo.

Para terminar, comparto un huayno de una cantante llamada La Pallasquinita y que grabó en 1964 un intenso huayno llamado “Señor diputado”. La canción es una imprecación a un diputado de la República; el centro de la sentida petición: mejores carreteras. La voz de Pallasquinita aporta el significado dolido y a la vez orgulloso de la apelación a la institucionalidad centralista y burócrata, que impide o al menos no facilita la modernización y el progreso para las provincias y la posibilidad de mantención de un vínculo con las tradiciones del pueblo:

Con mis pallasquinos quiero yo bailar

por la plaza grande vueltas voy a dar.

En definitiva, una compleja red de significados políticos y sociales que se materializan en la construcción de una carretera

Remate:

Vamos compañeros a trabajar

unidos todos a cooperar

muchos hermanos trabajando están

rompiendo roca hasta llegar

pero que conllevaría, según esta visión, modernidad y calidad de vida. La construcción de la Panamericana, en casi toda América, suposo facilitar alcanzar ese ideal de progreso e integración y por eso hay una épica narrada en torno a su lenta y sacrificada construcción. Eso ya sea en México, en Perú o en Ocoa.

La Panamericana fue un proyecto monumental, propiciado desde los sospechosos Estados Unidos de entonces (y de siempre) que dejó su huella en la música, en las historias locales y nacionales y en los relatos de los pueblos que iba cruzando. No extraña, entonces, que hasta Condorito, ese Condorito clásico y profundamente latinoamericano, la tuviera como objeto constante de humor. La serie “Panamericana” dibujada esos años por Pepo da cuenta, al igual que el huayno de la Pallasquinita, de la importancia cultural que la obra de conexión tuvo en nuestra América, los sueños que forjó y los valores que representó. Es decir, sin dudas, una de las complejas venas de nuestro continente.

Panamericana 62(112)

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