CINCO CANCIONES DE JAVIER SOLÍS, VERSIONADAS POR MÚSICOS CHILENOS

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Algunas son versiones que conocemos en Chile más que las cantadas por el eterno Javier Solís. Otras, por el contrario, nos remiten siempre a su voz y a su orquestación. Quizás alguna de ella llegó hasta este punto del continente también por otros intérpretes; pero sin dudas Solís, su estilo y sus maneras impusieron una marca imborrable en la sonoridad de cada una de estas canciones, como si ellas tuvieran su piel y su estampa.

Sin dudas, los músicos chilenos sesenteros y setenteros estaban escuchando muy atentamente todo el cancionero bolerístico que llegaba desde el norte. Cuatro de las canciones que he seleccionado corresponden a versiones en clave balada de aquellos tiempos. La primera, en términos cronológicos, una versión de Cecilia, La incomparable, para “Adelante”, de Benito de Jesús. A toda orquesta y en ritmo de “tango chachachá” (tal como dice la información del disco recopilatorio), la versión de la tomecina está teñida de noche, de bohemia y de sofisticación. En 1:07 un breve solo de metal brinda un tono melancólico, aunque el tono general está más bien situado en las luces juguetonas y oscuras del cabaret. El tono de abandono de la lírica se ve así algo contrapuesto.

La versión de Javier Solís, por el contrario, es desesperada y agónica. En un repertorio lleno de inicios tétricos, el “Adelante” de Solís comienza quizás con uno de los más logrados y dramáticos de todos, con esas trompetas condenatorias y esos violines desde 0:03 que ya pregonan la locura después cantada. La voz, el ritmo apenas bailable del bolero ranchero, la voz controlada en su potencia, nos sitúan ahora sí en la soledad y el abandono, aunque la canción no retome en su desarrollo el tono insano de la introducción musical, intenso y terrible.

En los últimos años de los 60 surgió en Chile quizás el más internacional y legendario de sus movimientos musicales: la balada romántica que tradujo el bolero a los sonidos modernos de los intrumentos eléctricos y que trocó las voces cuidadas de teatro por expresivas voces llenas de dramatismo , timbres propios y honestidad comunicativa. Los Ángeles Negros, Los Galos y Los Golpes son parte de una generación legendaria de nuestro canto esparcido por todo América y anidado firmemente para siempre en el sentir popular profundo y sin complejos.

En 1973, Los Golpes trajieron desde Tocopilla una versión estremecedora para “Cuatro cirios”, especialmente por una guitarra afilada hasta el dolor y una voz teatral de fina sepa cantinera, en el mejor sentido de la palabra, que destaca grandemente en las estrofas de la canción. El elemento sobresaliente es, por cierto, la guitarra de Mario Bustamante, la que impone de inmediato, sin concesiones y de manera brillante, el tono terrible y amargo de la canción. Sin dudas, una sonoridad antológica dentro de la música popular chilena.

Javier Solís, en este caso, afronta la canción con un tono inicial casi narrativo, casi desdoblado, quizás sin tanto compromiso emocional como en la versión cantada por Fernando Bustamante, aunque ataca de manera más intensa la maldición del estribillo. El ritmo del bolero ranchero y la orquestación le otorgan un tono más nervioso, intranquilo y furioso que mortuorio. Al escucharla, uno no termina devastado como con Los Golpes, sino más bien enrabiado e impotente.

Los Galos, por su parte, versionaron un bolero lleno de malicia e indiferencia que cuenta quizás como versión de referencia la de Daniel Santos: “Se me olvidó tu nombre”. Una nota sostenida en la trompeta, un teclado clerical y un ritmo festivalero le dan un irónico toque de revelación al inicio de la canción. La suspensión sonora momentánea (0:20), reiterada varias veces en la canción, agrega una suerte de incertidumbre en la narrativa, sobre todo si uno está escuchando por primera vez la canción. Sutiles inflecciones en la voz de Lucho Muñoz terminan de crear el tono sarcástico de esta breve y exquisita pieza de desdén.

La versión de Solís intensifica el tono despreocupado y socarrón de la canción, especialmente con ese metal juguetón con que comienza y con los juegos burlescos entre metal y cuerda al hacer eco de la voz en 0:16, y de la cuerda por sí sola en 2:17. Sin dudas, un lujo de delicado humor en la orquestación.

Por supuesto, no podían faltar Los Ángeles Negros, quienes grabaron en 1975 “Sigamos pecando”. Es cierto, ya no está Germaín de la Fuente y de seguro su versión no está dentro de lo más conocido y reconocible de su repertorio, pero el sonido, el ritmo, el suave vibrato de la voz de Ismael Montes nos transportan de inmediato a la estampa, al espíritu inmortal de los san carlinos. No extrañamos el estilo ni suena ajena la intención sonora, aunque echemos de menos la mayor envergadura vocal de Germaín. Es una versión susurrada, cantada en secreto y complicidad.

La versión de Solís, por su parte, es inmortal. Quizás una de sus canciones más conocidas y reconocibles. Nuevamente tenemos el ritmo nervioso y urgente del bolero ranchero acompañado por un metal completamente acorde con el tono exaltado. La voz entra en 0:18 con una línea entrecortada de canto, y la turbación se convierte en energética decisión al afrontar el estribillo en 0:52, para retomar la estrofa con más dulzura y voz prolongada que en la primera exposición. En 1:29 aparece uno de esos memorables recitativos de Solís, expresivos, amorosos e intensos. Acá, la cuerda gana en predomino, para intensificar el mensaje apasionado del pasaje. En los otros momentos, los metales sobresalen por su vigor. En definitiva, una versión que resume lo mejor de Javier Solís, menos de 3 minutos que condensan todo su sentido intenso y teatral de la canción romántica.

El mismo tono vigoroso, nervioso, acelerado, tiene su versión de “En tu pelo”. El mismo diálogo entre metal y cuerda, alternando el acompañamiento melódico con el comentario expresivo. Para Solís, estar enamorado siempre se dibujó como una experiencia exaltada e inquietante. El ritmo de bolero ranchero, insistamos en eso, plasma a la perfección tal sentido.

La versión chilena que encontramos para esta canción se aleja completamente del canon que hasta acá veníamos revisando. Es de 1995 y proviene de las nortinas tierras de Punitaqui, Ovalle y Coquimbo. El ritmo es de cumbia, en pleno desarrollo de la onda technocumbiera chilena, tan influida, a su vez, por el estilo grupero mexicano. La versión, de Fantasía, con la voz de Paskual Ramírez. Para nosotros, los provincianos nacidos en los ochenta, esta fue siempre la versión que conocimos de “En tu pelo”, incluso con otro nombre (“Tú eres mi vida”). La orquestación está reducida a un acompañamiento que deja limpio el camino a la voz, sobre todo en las estrofas, las que, por el cambio rítmico, son afrontadas sin los silencios entre cada verso de la versión bolerística. Para muchos de nosotros, es un sonido de adolescencia que marcó nuestras primeras noches de baile y de aventuras.

 

En definitiva, todo un cúmulo de canciones inmortales y que vuelven a hermanar, en la voz y la interpretación, el sentir popular de America y de Chile y México, en particular.

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