DON RENÉ INOSTROZA

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Maestro entre maestros, ejemplo vivo de toda una tradición campesina chilena, don René Inostroza nos ha brindado ya por más de 30 años su música y su concepción de arte desde los bordes de los grandes medios y las grandes difusiones. Escuchar su música es adentrarse en un imbrincado y a la vez hermoso camino de luces y sombras, de reflexiones y divertimentos, de búsquedas en el pasado y miradas hacia el futuro, que lo vuelven un referente indiscutible de la música rural de creación y recopilación de las últimas décadas.

Don René Inostroza. Oriundo de su querida Playa Linda, en la región de la Araucanía, apareció en la escena musical chilena en 1984 con su primera grabación, Savia Campesina, cuando su vida ya superaba los 30 años. Ahí venían “El huacho José”, “Dame tu pelo niña”, “Huichatío” y “La guaracha del fai fai”. Fue un golpe musical que vendió oficialmente más de 30 mil copias. El registro había sido hecho casi artesanalmente en una discoteque en Temuco, a la cual él convocó actores para que armaran el ambiente. Ese aire de relativa espontaneidad marcó el sonido de sus primeras grabaciones y ayudó de manera importante para que sintiéramos su obra como viva, verídica y cercana.

 

De pronto, en el Chile ochentero (re)conocimos una manera de recrear el mundo campesino que, por una parte, se alejaba de las convenciones impuestas de una cueca nacida en las grandes urbes y que, por otra, actualizaba de una manera particular la manifestación rural más difundida durante los setenta y ochenta: los grupos de corridos, rancheras y cumbias norteñas al estilo de Los Hermanos Bustos, Los Manantiales y Los Reales del Valle. Se puso de moda, así, una manera de ser campesinos que parecía descubrir la televisión santiaguina y que siempre había estado ahí, solo que oculta o ignorada. Don René Inostroza cantaba igualmente cuecas y corridos, pero con una estética que resultaba completamente nueva en comparación a los referentes del momento. Las cuecas sonaban saltaítas, más propias del estilo sureño (lo que hace que se vean incluso ridículas las parejas de huaso y china centrinos que le ponen de acompañamiento en los programas de televisión cuando lo invitan), y los corridos, acelerados, corretíaos, como él menciona constantemente y como muchas veces los hemos bailado en las fiestas familiares. Además, acá nos encontrábamos solo con su voz y su guitarra, acompañado con una o dos más a cargo, por entonces, de Jorge Leal y Juan Ulloa, y posteriormente de su hijo, del mismo nombre, y quien falleciera lamentablemente hace unos pocos años. Era un vieja estética nueva que de pronto parecía descubrir el resto de Chile y que, muy bien recuerdo, resultó ser un espejo muy potente en el cual reflejarse para la misma gente de campo, al menos del Ocoa en que yo vivía por entonces.

 

Pero no solo eran corretíaos y cuecas. Don René interpretaba valses, muchos y muy bellos; guarachas, que vaya a saber uno cómo se transformaron del ritmo internacional cubano a ritmo campesino (por si es ese efectivamente el camino que se siguió…); polkas (su más conocida, “Pichingue”, adaptada de una canción infantil de Pedro Infante) y algunos otros ritmos que amenizarían sus discos cantados e instrumentales y que dan cuenta de los complejos procesos de adaptación y folklorización que existen en el campo chileno.


 

Después de Savia Campesina, vinieron otras grabaciones como Desde Playa Linda (1986), Raíces (1987) y Entre Arado y Canto (1990), todos ellos recreando una fiesta en vivo, con baile, conversa y trago. Fueron también los años del Monteaguilino y del Clavel, quienes, especialmente este último, estiraban la cuerda para proyectar a un campesino ingenuo, chistoso, pícaro, sexista y algo monocorde. ¿Cuánto aportó a esa imagen, quizás sin quererlo, el mismo don René? Sin dudas, parte de su fama se basaba, por entonces, en enganchar con esa suerte de moda televisiva, controlada desde Santiago, en posicionar al huaso pobre como una caricatura. Sobre todo en algunos díalogos que don René entabla con los actores invitados de público, su construcción de personaje se acerca a ese estereotipo y que, no obstante, resultaba descartuchado, sin complejos ni dobleces. De la mano venía, sin embargo, otra imagen, otra sensibilidad. Él mismo ha dicho en entrevistas que se sentía un eslabón entre la música seria y comprometida de las peñas ochenteras del canto nuevo (es más, nunca ha escondido su admiración por el trabajo de Quelentaro) y la construcción pícara, un poco charlatana y bastante sin filtro de Los Huasos Cochinos. Y es que en sus discos, de la mano de “Dimen Dimen” venían valses de una profunda tristeza y melancolía como “Huichatío”; y junto al canto juguetón de “La vieja del puente” asomaba la belleza honda de “Qué más te puedo dar”. Todo de la mano.

 

En Entre Arado y Canto, de 1990, don René Inostroza desplegó, además, una faceta que no aparecía delineada en sus trabajos anteriores: una canción comprometida con cuestiones de actualidad en el mundo sureño. En esa grabación, dos canciones abordan ¡ya en 1990! el tema de la voracidad de las empresas forestales y el impacto social y ecológico que conllevaría (“Árboles que se van” y la cueca “Hubo una vez”). Con el tiempo se sumarían canciones a las personas encarceladas (“En cana”), a los pueblos originarios (“Gente originaria”), a la identidad campesina (“Campesino chileno”, “De norte a sur”), incluso un homenaje a Víctor Jara (“Al cantor”). Su última grabación, de 2015, sorprende con una canción honesta y personal sobre la marihuana.

 

En sus presentaciones en el Festival del Huaso de Olmué en los noventa, podemos observar a don René a medio camino entre el chiste pícaro y sexista y la canción de profunda y simple emoción. En definitiva, muestran un recorrido, una manera de ir construyendo y proyectando una imagen de ruralidad sincera por una parte y que se adaptara, por otra, a los intereses y expectativas de un público citadino que exige cierta representación del hombre de campo. Pero entendemos que Don René ya tenía claro cuál era el trabajo que le correspondería acometer en su obra. Ya sus nuevas grabaciones dejan a un lado el artificio del público en vivo y aparecen discos completamente instrumentales, en que se intensifican la riqueza y el poder expresivo de la guitarra (“de las pocas cosas buenas que trajeron los españoles” como él mismo dice); o en que resuenan el acordeón de botones, ya casi extinto, y la armónica. Y sus nuevas presentaciones enfatizarán los modos diversos de tocar esos instrumentos en el campo chileno y la adaptación viva que músicas de toda América encuentran en nuestros rincones. Sus grabaciones de guitarra campesina son simplemente antológicas y sus registros recopilatorios de cantores de la novena región, sin dudas los esfuerzos contemporáneos más importantes que se hayan hecho en ese ámbito.

 

De aquellos años noventa hay un documento audiovisual valiosísimo: un registro de Al Sur del Mundo de una jornada de campeonato de fútbol en el corazón de la Araucanía, llamada “torneo”, amenizados por don René y su hijo. En muchas entrevistas él ha destacado la importancia social de los torneos, por ser espacios entre pueblos que fortalecen las redes de apoyo y convivencia. Pero además, por ser instancias en que los músicos antiguos brindaban su arte y en que los más jóvenes, como el mismo don René en su momento, aprendían de los mayores.

 

Largo y variado ha sido el aporte de don René a la (re)creación de un imaginario campesino chileno. Desde inicios de la década del 2000, nos acompaña domingo tras domingo con su música a la hora de almuerzo, quizás con una de sus composiciones más entrañables y hermosas. “Eternamente mi Eythel” fue compuesta por encargo del gran Francisco Gedda para musicalizar Frutos del País de TVN y su compenetración con lo que transmite Gedda es tal que ya no podríamos disociar al programa de su música característica. Quizás la melodía no es conocida por el nombre, quizás no todos la reconocemos como una canción de Inostroza, pero en ella probablemente se sinteticen de una manera perfecta, definitiva, sus preocupaciones estéticas, su concepción mágica y sencilla de la ruralidad chilena, y su búsqueda constante por comunicar sentimientos y proyectar modos de vida bondadosos y auténticos.

 

Hoy por hoy, vivimos en tiempos en que una nueva generación de músicos revitaliza la canción campesina y rural chilena. Ahí están El Parcito, Los Dos Maulinos, El Huaso Castillo, junto al arte ya consolidado de una Cecilia Astorga y de tantos otros. Son, en definitiva, buenos tiempos y buenos aires para las músicas de raíz, para la cueca y la tonada, para el vals, la polca y el corrido. En ese contexto, el trabajo de Don René Inostroza relumbra, con la perspectiva del tiempo, de manera especial, porque muestra un camino recorrido y senderos por explorar, luces y sombras, chispezas y convicciones; porque dan cuenta de un afán, de un esfuerzo contante, de un trabajo honesto que se fue construyendo en su mensaje y en su ética, sin deslumbrarse por la fama mediática ni modas pasajeras; un trabajo que cada vez parece más hondo, emocionante y bello.

 

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